*Esta columna fue publicada originalmente en Diario Milenio

Por: Daniela Pacheco

A través de su subsecretario para América Latina y el Caribe, Brian Nichols, el gobierno estadounidense confirmó que Cuba, Nicaragua y el “régimen de Maduro” no estarán invitados a la Cumbre de las Américas a celebrarse en Los Ángeles en junio próximo, en tanto “no cumplen con los valores expuestos en la Carta Democrática de la OEA”.

La consigna de Washington es que los países que no respeten la democracia no son bienvenidos en el cónclave regional. Al mejor estilo de la doctrina Monroe, sólo podrán participar aquellos gobiernos que sí cumplan con eso de “construir un futuro sostenible, resiliente y equitativo para nuestro hemisferio”, tal y como reza el objetivo de esta reunión para 2022. Al parecer, mandatarios como Iván Duque, Guillermo Lasso, Nayib Bukele, y hasta el mismo Jair Bolsonaro sí han hecho méritos democráticos suficientes para ganarse un lugar en la Cumbre.

Me pregunto si será de lo más democrático compartir salón con un presidente que roza el 20% de aprobación, especialmente después de la represión a su pueblo en el reciente estallido social; que se opone y torpedea la implementación de los Acuerdos de Paz, después de más de 60 años de guerra; que carga a cuestas el asesinato de más de 360 líderes sociales; y en cuyo gobierno, el 42% de las colombianos y colombianas viven en la pobreza. ¿O lo será compartir recinto con un mandatario que a tan sólo un año de gobierno, que empezó con el 75% de aprobación y que hoy ya ronda el 30%, no ha logrado impedir que más de 350 personas privadas de la libertad hayan sido asesinadas en distintos amotinamientos en Ecuador?, el último de ellos, esta misma semana, con un saldo parcial de 44 fallecidos.

No se trata de escudriñar los problemas internos de cada uno de los Estados miembros pero sí de exigir una actuación coherente y abandonar esa arcaica concepción de América Latina como su patio trasero o “patio delantero”, como en un reciente intento de cordialidad llamó a México, el presidente de los Estados Unidos. El país de las sanciones indiscriminadas a varios pueblos de América Latina, que promueve la injerencia política, la subversión, el asesinato de líderes y la agresión armada, se llena la boca hablando de democracia, no para hacer una Cumbre de las Américas, sino una Cumbre con los países a los que considera su patio trasero, en la que Estados Unidos decide quiénes sí somos americanos (como si no creyera que sólo ellos lo son).

Mientras tanto, algunos pares latinoamericanos aplauden la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua, condenan enérgicamente la invasión rusa en Ucrania y hasta quieren enviar a nuestros compatriotas latinoamericanos a luchar por liberar al planeta Tierra del mal comunista, —aunque se les olvidó en el camino rechazar las invasiones a Somalia, Irak, Libia, Afganistán, entre otras tantas—, pese a que la gran mayoría de sus conflictos internos hayan sido auspiciados en alguna medida o en gran parte por el Tío Sam.

“En América ya no podemos seguir manteniendo la política de hace dos siglos. Ya basta de estar medrando con el dolor de la gente, con el sufrimiento de los pueblos”, reclamó el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, quien en caso de que se mantenga la exclusión no comparecerá, uniéndose a otros como el presidente de Argentina, Alberto Fernández, o Luis Arce, de Bolivia. “¿Cómo es que convocamos a una Cumbre de las Américas y no invitamos a todos? ¿De dónde son los que no están invitados, de qué continente? ¿De qué galaxia, de qué satélite?, ironizó.

El camino, como lo han ido labrando los pueblos dignos, será el de seguir mirando hacia el sur. Entre tanto, la Cumbre de las Américas será una bella foto para algunos gobiernos que necesitan lavarse la cara de sus miserias y sus pésimas gestiones, mientras sonríen al lado de su verdugo. Eso sí que es una fiesta democrática.

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